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El recién elegido presidente de Francia ha revolucionado las filas de todos los partidos políticos de su país, que intentan analizar qué es lo que deben hacer para evitar la fuga de líderes hacia el movimiento de Emmanuel Macron, En Marche!

Lo cierto es que Macron ha interiorizado una idea fundamental de la democracia en su partido político: la pluralidad política. Aunque tenemos numerosos ejemplos de partidos políticos con diversas variantes ideológicas internas, a las que nos solemos referir como «corrientes ideológicas» o, los más internos a los partidos, «cuerdas», no tenemos ningún ejemplo de una formación política que admita abiertamente a militantes con diferentes ideologías.

El caso del joven presidente francés es así. En su movimiento se agrupan todas las ideologías, desde la izquierda a la derecha pasando por los centralistas o los partidarios de una descentralización de la administración pública francesa.

¿Cómo es posible luchar contra un partido que agrupa a gente de tu propia ideología? -pensarán los demás líderes. La respuesta no es fácil, y menos cuando hace dos semanas ha ganado las elecciones enfrentándose a una «nueva» ultraderecha de Le Pen.

Por un lado, se podría entender que un ataque frontal contra Macron supondría una legitimación de las políticas de Le Pen, algo que le ha pasado a Podemos en España cuando se negó a prestar su apoyo a En Marche! en la segunda vuelta de las presidenciales. Quitarse de encima la etiqueta del Frente Nacional es bastante engorroso y más cuando tampoco quieres apoyar a su contrario.

Por el otro, el ataque de una formación asentada sobre principios del siglo XIX, como son los partidos políticos tradicionales, hacia una formación que ha innovado en lo más íntimo de la formación, podría de carecer de legitimidad frente a la opinión pública, quienes vienen reclamando desde la última década una regeneración de la vida pública no sólo de Francia, sino de todos los países occidentales.

Los periodistas y los politólogos solemos decir con gran asiduidad que los partidos políticos se están viendo cada vez más superados por las circunstancias. La ciudadanía ya no se mueve por la clasificación tradicional de izquierda y derecha, y algunos partidos, como Ciudadanos, han optado por decir que son el «centro» de una escala ya en desuso.

Frente a esto, el ejemplo de Macron va a inspirar, sin ningún tipo de dudas, el surgimiento de formaciones políticas que no se enclaven en una ideología concreta y acepte que haya pluralidad de ideas dentro de la propia formación política.

Pero en España la crítica dentro del partido sigue estando mal vista por la opinión pública, hasta tal punto que en una sentencia reciente del Tribunal Constitucional se dictaminó que los militantes de un partido tienen restringido el derecho a criticar a su propia formación política para salvaguardar la imagen de la formación. Algo inaudito según las leyes clásicas de la democracia en donde se propugna que la libertad de expresión no debe verse recortada.

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